El estadista Lagos y la caída en el orden

Ni siquiera hubo tiempo para que dijese “no quiero, no puedo ni debo”, simplemente aprovechó la ya constante debilidad de su criatura para indecorosamente proponerse en su reemplazo -ocasión que lleva unos años esperando- en la responsabilidad de salvar Chile y llevarlo al futuro, a un nuevo período maravilloso bajo su serena dirección. La acción, meritoria de calificativos repudiables -que los ha habido-, incluso en el marco de los lábiles códigos morales impuestos por la ahora dualidad liberal comunista, no mellaron su acometida organizativa en pro de la restauración del “orden”, esa artificiosa nueva tierra prometida.

A no dudarlo, tras abandonar su catacumba, “el líder” está de regreso para reclamar su sitial de conductor iluminado del destino patrio... Ricardo Lagos Escobar “el estadista” llega a dictar cátedra. Los progresistas de la no renuncia, por cierto, no deben ver con buenos ojos esta “repentina” resurrección del vilipendiado y ya ahistórico liderazgo patriarcal, anacronismo puro en las tierras en que campea el empoderamiento feminista, con sus interminables acumulaciones de las y los en cada discurso o documento que produzcan. Sin embargo el líder, que añora mayor adorno a su gran estatura de tribuno popular, no prestará oídos a los ruidos de la hojarasca del momento, porque autoinvestido de adelantado de la restauración del “orden” óptimo, ese que reparte el fruto de la riqueza nacional entre los pocos notables del círculo exclusivo, poco debe temer de los que ya fracasaron.

Como en la tonada del guerrillero, por todas partes dicen que el partido del orden está de regreso con una encomiable misión: frenar la locura reformista de los operarios de retroexcavadoras, que no alcanzaron a interiorizarse de como andaban las relaciones del $istema antes de poner manos a la obra en demoler el propio edificio que les cobijaba y pagaba su sustento. Así, la prensa de las últimas semanas muestra que todos los operadores sistémicos andan en una sospechosa sincronía de discurso a pesar de su proclamado pluralismo e independencia crítica. ¿Coincidencia? Obvio que no.

Luego del impacto inicial, con una prueba de terreno exitosa, nuestro invaluable estadista pudo liberar cuerda y poner trabajo en lo que mejor hace: darse tiempo de vocear su propio marketing, mientras recupera y extiende redes o enrola entusiastas personas en sus huestes salvadoras. De tal modo, ya tenemos al buen Ricardo haciendo sus equilibrios acostumbrados en todas las áreas de la vida nacional, allí donde haya un auditorio necesitado de consuelo, tiene las palabras justas y las promesas racionalmente ejecutables: con la juventud, será entregando educación gratis sustentable, aunque esté mutilada del sentido crítico; para los atormentados de dolor físico y faltos de recreación, legalización de todas las drogas para que no sufran con la realidad cotidiana; para los buenos amigos de las transnacionales, aquello que quede por concesionar con certificado de utilidad garantizada por ley.

Con Lagos, la maquinaria del poder volverá a tener el lubricante necesario para que no se note que cada día hay menos zonas de decisión para el verdadero soberano.

Don Ricardo, el promotor inicial de la presidenta, que ni en su peor desvarío llegó a pensar en tenerla dos veces en La Moneda, sabe que hay mucho terreno fértil para ganarse más de unas páginas en la historia patria oficial haciendo las cosas bien, por lo que sería torpe de su parte no aprovechar el inesperado final anticipado del gobierno bacheletista, al cual solo le queda enterar el tiempo para traspasar la banda presidencial. En efecto, con tanta promesa pendiente de financiamiento, el que endeude al país tendrá también su buen beneficio; y es sabido que fuera de Chile, hay entidades con recursos que necesitan que este territorio esté disponible y muy bien controlado.

Finalmente, conviene recordar que es altamente posible que no hayamos sido afortunados con nuestros jefes de estado socialistas, que nos han transportado a escenarios de pesadillas difíciles de concebir, así: el hiper mitologizado Allende, que con su gobierno minoritario, a batida de lucha de clases, quiso hacer una revolución de colorido folklórico que solo puede realizar una comunidad nacional férreamente unida en torno a un objetivo de justicia total; el mercantil Lagos -el juvenil Lagos, para nostálgicos- preocupado de concesionar hasta el modo de pensar con la ambición de ganarse el puesto de padre de la patria de la modernidad financiera, y finalmente, Bachelet imponiendo sus ritmos de comprensión de la realidad que ralentizan el desarrollo del país, con la perspectiva de contar ocho años bonificando su popularidad. Y en poco tiempo más, si Lagos no lo logra ¿Vendrá otra Allende para llevarnos a caminar por las anchas alamedas sin árboles?

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