Acerca de la supuesta originalidad del sistema político chileno

Acerca de la supuesta originalidad del sistema político chileno

El ensayo que a continuación se transcribe, escrito por el profesor de historia y militante del MRNS, Ariel Peralta Pizarro (1939-2018), fue incorporado en el libro de 2002, «Los proyectos nacionales en el pensamiento político y social chileno del siglo XIX», siendo sus compiladores Sergio Grez y Manuel Loyola, y publicado por la Universidad Católica Raúl Silva Henríquez. Tal documento recopila las exposiciones que se efectuaron entre agosto y septiembre de 1999, en el Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna, donde participaron, entre otros, Cristián Gazmuri, Gabriel Salazar, Bernardo Subercaseaux, Luis Corvalán, Ana María Stuven y María Angélica Illanes.

Quiero exponer ante ustedes algunas ideas en mi condición de ensayista que ha tomado como base de pensamiento a la historia, sobre todo el aspecto global de mí país y de América Latina, en la proyección de una síntesis que aspira a la coherencia en la disyuntiva de sus componentes sociológicos, étnicos y culturales.

Mucho de eso he intentado abordar en mis libros El Cesarismo en América Latina[1] y El Mito de Chile[2], esta última obra reeditada hace un par de años[3] y que, en general, ha sido silenciada por la izquierda y odiada por la derecha. Cuestión lógica cuando uno entra en la tesitura de poder interpretar efectivamente lo que es su nación, y descubre, o más bien se encuentra con estos pequeños problemas de índole política y totalmente ajenos al pensamiento del escritor, pero son los avatares que uno tiene que sufrir cuando se entra en este exquisito mundo de las ideas y cuando uno empieza a interpretar lo que es el Continente y nuestro país desde el punto de vista de los modelos políticos que se implementaran en el siglo XIX o, mejor dicho, que se trataron de implementar. Y allí está el quid del problema, porque los modelos teóricos -sobre todo cuando existe inexperiencia frente a ellos- suelen chocar con las realidades que distorsionan sus fundamentos y ése creo yo que es el gran problema de todos los que estamos metidos dentro de las Ciencias Sociales o de la Filosofía Política.

Si los modelos se refractan en la compleja realidad latinoamericana-chilena, porque sus elementos constitutivos no pueden incorporarse a priori a la abstracción teórica, la gran pregunta sería: ¿cuáles son esos ingredientes del continente que hacen de que él sea una excepcionalidad dentro de cualquier coyuntura interpretativa que podamos hacer dentro del desarrollo de la historia?

Yo he llegado a plantear varios aspectos y varias definiciones, después de encontrarme con singulares sorpresas a través de los años, que van cristalizando y decantando un pensamiento que no sé si se es original. No obstante, más allá de esta interrogante, lo que sí puede uno plantear es que la América Hispana es “original’ y esta originalidad se manifiesta especialmente en lo político, en la medida que fue aquí donde se trató de implementar por primera vez en la historia de la humanidad el concepto de republicanismo[4], apenas entrevisto por la Convención Francesa.

Pero, claro está, nuestras repúblicas resultaron tan absurdas que, verdaderamente, desde el concepto republicano de la idea de Platón o de la soberanía rousseauniana, nuestras repúblicas no tienen nada que ver con aquellos principios exquisitos que suponen un régimen aparentemente perfecto dentro de todo su diagrama: las repúblicas hispanoamericanas prácticamente pasaron a ser estructuras dictatoriales, lo que lleva, en el fondo, a interpretar la historia de América de una forma simple, tan simple que en una oportunidad llegué a decir que la historia nuestra no era nada más que una polvareda de caballos de caudillos, un montón de decretos leyes y paredones a destajo.

Pero, cuidado, se nos ha dicho que dentro de esa historia de América, la notable excepcionalidad fue Chile, con un desarrollo no igualado en el continente, con un auténtico Estado Nacional que, si mal no recordamos, se nos concientizó a través de la enseñanza formal y de la educación llamada refleja. Se nos dijo que esta nación chilena había tenido todo un programa diferente dentro del esquema disociador-anarquizante del resto de los Estados latinoamericanos, y allí, justo allí, comenzaron nuestras sospechas.

¿Habíamos sido verdaderamente una excepcionalidad en el contexto latinoamericano? ¿La nación chilena ofrecía tal vez esos segmentos “culturizados” que tomaban posible la entronización de un sistema político cercano al ideal republicano?

Hablamos de nación y, de inmediato, nos puede asaltar la duda: ¿existe verdaderamente la nación chilena? Yo tengo el pecado -venial eso sí- de haber escrito que la nación chilena se reducía a esto: seres que se apretujan entre cerros y mitos y, si lo primero es tangible, los mitos tienen virtualidad, tienen cierta esencialidad, y esta mitología ha estado presente cuando se nos habla del desarrollo de la república chilena como excepción frente a los cuartelazos, frente a la disociación anarquizante del resto de los estados latinoamericanos. Todo esto lo hemos creído, y esta mitología nos hacía respirar justamente una especie de modelo republicano púdico ante el desastre de nuestros congéneres, embarcados en interminables guerras civiles o simplemente sometidos a la vesania de dictadorzuelos alzados ante sí mismos como arquetipos de la libertad.

Bolívar mismo había dicho que en Chile existían los elementos para desarrollar un Estado[5], y, en consecuencia, la virtualidad de una democracia, y ese cuento lo hemos creído hasta ahora, y lo creímos en el siglo XIX, y cuando nosotros comenzábamos a hacer clases muy jovencitos en el Instituto Nacional, pensábamos que el desenvolvimiento de ese modelo republicano-nacional no era tan claro, al menos tal como nos lo habían entregado los viejos maestros institutanos -primero los del Nacional y después los del Pedagógico- en el sentido de que en Chile había existido un plácido deslizar por el esquema teórico y práctico de lo que es aparentemente una república perfecta.

Si Bolívar había dicho que estaba cansado de las "repúblicas aéreas"[6], de todas aquellas repúblicas planteadas y diseñadas constitucionalmente por los teóricos de la gaya ciencia, por los ergotizantes de turno que no tomaban en cuenta los componentes reales de las sociedades latinoamericanas, en cambio señalaba que aquí en Chile, estaban esos elementos constitutivos de un Estado. ¿Sería cierto eso? ¿Sería efectivo que los modelos o el modelo desarrollado en nuestro país estaba entregando la dimensión diferente del resto de las naciones latinoamericanas?

Verdad discutible, puesto que la única diferencia ostensible sería la de una continuidad gubernativa esgrimida en la línea cesarística de un O‘Higgins[7] y, después, en la solidez de los decenios sostenidos tal vez por aquel famoso “peso de la noche” portaliano[8] que no es otra cosa que la funcionalidad estatal dejada por España y su incontrastable dominio colonial. República aristo-plutocrática, que supo incorporar modelos europeos a las cartas constitucionales, teorizando en el papel, pero ejerciendo un poder dictatorial de clase que sólo tiene una fuerza disonante en las banderas del liberalismo de un Arcos o un Bilbao[9], pero representada en los campos de batalla por caudillos como De la Cruz o Gallo[10].

Otra curiosidad latinoamericana: los autodefinidos como liberales tuvieron que mantenerse en el poder gracias a un curioso “liberalismo autoritario", tan bien representado en Chile por figuras claves como Santa María o Balmaceda[11], manejadores de una impresionante maquinaria electoral, tradición decimonónica que hizo de los presidentes, verdaderos “grandes electores”. Entonces podríamos preguntarnos ¿dónde y cuándo el modelo liberal tan elogiado por ciertos historiadores de no muy aguzado bisturí? ¿Es efectiva la división entre una República Conservadora y una República Liberal?

Sólo la alternancia en el gobierno nos llevaría a pensar que en Chile funciona un símil de república democrática, pero la “elegibilidad” está determinada por un mínimo cuerpo electoral, de exclusiva raigambre “aristocrática”, donde predomina el llamado voto censitario, es decir sólo votan los que saben leer y escribir, los que posean un inmueble, lo que en una sociedad totalmente verticalizada como la nuestra representaba el ínfimo sector de poseedores.

Todas las sociedades latinoamericanas surgieron a la independencia política con sus segmentos sociales tan diferenciados que todas ellas -especialmente la chilena- tenían si no una estructura social feudal, al menos una disposición afectiva que no se alejaba en demasía de aquella dependencia de señor a siervo.

Si nosotros pensamos que todas estas sociedades latinoamericanas tienen sus particularidades derivadas de las formas asumidas por la conquista y el coloniaje y que, desde esa misma particularidad, saltaron al mundo de la independencia republicana, indudablemente que todo ese proceso fue un cuasi olímpico salto al vacío. Decimos repúblicas, y el examen detenido de ellas nos lleva a la redimensión del esquema ideal del desarrollo político porque en nuestra América jamás se dio el modelo de república democrática y nos asumimos en la simple copia de una teorización venida desde Europa, de ahí que planteemos que no hemos tenido originalidad dentro del desarrollo de las ideas y dentro de lo que podríamos decir un pensamiento endógeno latinoamericano.

Las teorizaciones aquí se han refractado en la práctica, y esa refracción del pensamiento europeo ha producido en lo que he llamado la condición de ser “hijos apócrifos” de la cultura occidental.

Entonces, ¿cómo nos asumimos nosotros verdaderamente?, pues como hijos de esa cultura occidental, pero avergonzados por las falencias de una sociedad que no asumimos en su singularidad, y eso constituye el gran fracaso de América, y en eso está el gran fracaso de Chile, disimulado en nuestro país durante el siglo XIX por el dominio de toda una estructura oligárquica de tipo familiar-nepotista e increíble por su permanencia hasta nuestros días.

En esa perspectiva, yo no creo que dentro de las características del desarrollo histórico de los Estados latinoamericanos se dé el hecho que cinco padres y cinco hijos fueran presidentes de la república[12], además de los parientes colaterales, como tíos y sobrinos que alargarían las cifras tal vez hasta dos dígitos.

Y, a propósito de esto, estoy terminando de escribir un libro sobre Manuel Bulnes y su época[13], y he "descubierto" cosas tan hermosas como éstas: mujeres que no creo que en América puedan darse con estas condiciones, como la señora Enriqueta Pinto Garmendia, cuyo padre fue el presidente de la república don Francisco Antonio Pinto, cuyo marido fue don Manuel Bulnes, presidente de la república, y cuyo hermano fue don Aníbal Pinto Garmendia, presidente de la república, por obra y gracia de los fastos de la Patria; entonces, aquí estamos inmersos en una estructura presidencialista de clan, donde los poderes se transmiten hereditariamente, casi por osmosis familiar. Entonces esa característica, la mayor de la democracia chilena, es el “modelo” que importamos de Europa, ése es el “pensamiento rousseauniano”, ese es el “pensamiento” de los socialistas utópicos, el pensamiento del radicalismo francés que llega hasta nosotros y se “disforma” como por encanto, y es el “pensamiento” del marxismo criollo, donde los partidos toman aquellos elementos que dan el marco teórico para su desenvolvimiento, pero que la realidad más fuerte, es la que impone finalmente la reducción de los modelos, y por tanto, el fracaso de ellos.

Si voy a definir lo que es América, tengo que decir que América tiene una serie de coordenadas vitales que prácticamente no encajan dentro de un sistema coherente o racional de ideas, donde el ejemplo de la señora aquella no puede responder a racionalidad alguna, porque uno podría preguntarse ¿son tan virtuosos los hijos de los padres como para poder darse esa continuidad presidencial?... Yo no sé, pero nosotros nos encontramos acá con una serie de virtualidades -que ignoro si están opacadas en este momento- que le han dado a nuestro continente una caracterización “minusválida" por supuesto y si, para los españoles, y otros europeos, somos los sudacas, entonces, asumámonos como sudacas, pero no nos disfracemos de “europeos cultos”.

Ya en la América del siglo XIX, el cuartelazo se transformó en doctrina política, y la democracia formal en nuestro país -donde fue posible una relativamente tranquila alternancia política-, de democracia no tenía absolutamente nada, porque la mayor parte de los presidentes eran elegidos por un cuerpo electoral totalmente plutocrático y donde había un país con un 80 o 90% de analfabetismo. Y es en esa caracterización sociológica donde surge una especie de liberalismo político que se da a partir de la denominada República Liberal que, al cabo de unos decenios, permitirá algunas transformaciones de la estructura del Estado, liberalizándolo en parte, tornándolo asequible para las minorías rebeldes.

Pero, ¿qué oposiciones hubo acá, que oposiciones se dieron efectivamente dentro del Chile del siglo XIX? Si profundizáramos en la pregunta de cuál es el liberalismo que se da entre nosotros, perfectamente negaríamos con los hechos la existencia de ese liberalismo. Los presidentes son elegidos sin rivales: ¡qué bonita democracia!, y sacando la cuenta, hay dos o tres presidentes que por ahí tuvieron opositores pero que, afín de cuentas, no tuvieron nada que hacer frente a la maquinaria electoral del Ejecutivo. Sin embargo, detrás de los documentos que van conformando la estructura del incipiente Estado nacional -desde la primera Junta de Gobierno en adelante- está nítido el pensamiento europeo en el “Catecismo Político Cristiano”, en la Proclama de Camilo Henríquez[14], etc., ahí está Rousseau, Locke, Montesquieu en la organización primaria del Estado; Michelet, Quinet, Louis Blanc, en los anhelos libertarios de los “igualitarios”[15], y todo para disimular la raíz inamovible de una sociedad con una minoría plutocrática dominante, lo que reafirma el fracaso de los modelos políticos y reafirma también esa conceptualización genial planteada por Bolívar: las repúblicas aéreas.


Abstract: The essay that is transcribed below, written by the professor of history and member of the MRNS, Ariel Peralta Pizarro (1939-2018), was incorporated in the 2002 book, «National projects in Chilean political and social thought in the 19th century », Being its compilers Sergio Grez and Manuel Loyola, and published by the Raúl Silva Henríquez Catholic University. This document compiles the exhibitions that took place between August and September 1999, at the Benjamín Vicuña Mackenna National Museum, where, among others, Cristián Gazmuri, Gabriel Salazar, Bernardo Subercaseaux, Luis Corvalán, Ana María Stuven and María Angélica Illanes participated.

Palabras clave: Estado en Chile, proyectos nacionales, Chile siglo XIX, Ariel Peralta, mito de Chile.


Notas y referencias (por orden de utilización):

Ensayo original carece de notas y referencias. Las siguientes, de autoría de Antonio Morales y Amalia Urzúa, son hechas para facilitar la lectura de esta transcripción.

[1] Libro por el cual Ariel Peralta obtuvo, en 1966, el Premio Municipal de Ensayo [de Santiago]. Editado por ORBE y publicado el mismo año.

[2] Cuya primera edición fue publicada por la Editorial Universitaria en 1971.

[3] Reedición publicada por la Editorial Bogavante en 1999. Esta versión, de 193 páginas, incorpora una introducción titulada “28 años después” y añade dos capítulos: “Modernidad y Posmodernidad en el Chile de hoy” y “Chile: ¿Una épica inconclusa?”.

[4] Para profundizar, véase: Rojas, Rafael & Aguilar, José Antonio (coord.). (2002). El republicanismo en Hispanoamérica: ensayos de historia intelectual y política. Fondo de Cultura Económica.

[5] Bolívar, Simón (1815). Carta de Jamaica. Edición digitalizada disponible en: http://www.cpihts.com/PDF/Simon%20Bolivar.pdf

[6] Hoyos, F. M. (2016). Simón Bolívar y la antigüedad contemporánea. Guaraguao, 20 (52/53), pp. 27-43. http://www.jstor.org/stable/44078705

[7] Véase «Chile en la huella del cesarismo. Portales y su legado político» en Peralta, Ariel (1966). Cesarismo en América Latina. Editorial Orbe, pp.127-144.

[8] Navarro, Enrique (1992). Las ideas políticas de Portales. Revista de Derecho Público, (51/52), pp. 69-86. https://revistas.uchile.cl/index.php/RDPU/article/view/43463

[9] Jobet, Julio César (2000). Las ideas sociales y políticas de Santiago Arcos y Francisco Bilbao. Atenea (Concepción), 481/482, pp. 275-298. http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/628/w3-article-212722.html

[10] El autor se refiere a las sublevaciones lideradas por José María de la Cruz Prieto (Batalla de Loncomilla, 1851) y Pedro León Gallo Goyenechea (Revolución de 1859). Para profundizar véase: Saldaña Lagos, Catalina (2010). Estallidos provinciales. La tensa relación entre las provincias y el centro. Chile, 1830-1860. Universum (Universidad de Talca), 25 (1), pp. 174-186. https://www.scielo.cl/pdf/universum/v25n1/art_12.pdf

[11] Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda, ambos presidentes de la república que fueron parte, a su vez, del Partido Liberal.

[12] Se refiere a: Arturo y Jorge Alessandri, Frei Montalva y Ruiz-Tagle, Aníbal y Francisco Antonio Pinto, Errázuriz Zañartu y Echaurren y Manuel y Jorge Montt.

[13] Publicado el 2010 por Bravo y Allende Editores.

[14] Versión original y transcrita disponible en: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-92740.html

[15] Wood, James A. (2019). La regeneración de la república: las revoluciones francesa y chilena en la imaginación de Francisco Bilbao, 1842-1851. Hybris, 10, 2, pp. 251-277. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7178427

Peralta P., Ariel (2002). Acerca de la supuesta originalidad del sistema político chileno. En Los proyectos nacionales en el pensamiento político y social chileno del siglo XIX. (Grez, Sergio & Loyola, Manuel, compiladores) Ediciones Universidad Católica Raúl Silva Henríquez, 149-154.

Peralta P., Ariel (1966). El Cesarismo en América Latina. Orbe.

Peralta P., Ariel (1971). El Mito de Chile. Universitaria.

Peralta P., Ariel (2010). Manuel Bulnes entre la ley y la espada. Bravo y Allende Editores.

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