El dilema ucraniano

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Ya lo dijimos hace cuatro meses: el problema de Ucrania estriba en la necesidad de establecer un nuevo Estado. Y es que en lo que ya va de año, los problemas de los ucranianos se han intensificado a un nivel peligroso para la pervivencia de una nación, sumida en una guerra civil y una crisis económica cuyas consecuencias se viven encarnizadamente. El 18 de marzo, Vladimir Putin, Presidente de la Federación Rusa, firmó el acuerdo interestatal con la “República de Crimea”, permitiendo su ingreso a la Federación, en una notable jugada geopolítica.

En los últimos meses, Kiev movilizó las tropas de su lánguido Ejército y la recientemente creada “Guardia Nacional” hacia el sudeste de Ucrania, para aplastar a la oposición y su resistencia armada gestada a raíz de las políticas del gobierno central contra la población de habla rusa, mayoritariamente favorable a la federalización del Estado Ucraniano y “pro-rusa”. A la fecha, se han suscitado crudos enfrentamientos entre ambas partes, con centenares de muertos y heridos. Miles de ucranianos han cruzado la frontera con Rusia para buscar refugio.

El pasado 25 de mayo tuvieron lugar las elecciones presidenciales que la Rada Suprema -el parlamento unicameral ucraniano- convocara de manera adelantada debido al golpe de Estado: el ganador, Piotr Poroshenko, con cerca de un 60% de los votos y quien, irónicamente, fuera Ministro de Desarrollo Económico y Comercio durante el último mandato de Víktor Yanukóvich.

dilemaukrResulta curioso que el oligarca Poroshenko, “top ten” de la lista de “Forbes” de Ucrania, haya sido elegido tras las protestas populares que, entre otras cosas, clamaban contra la oligarquía dominante. Esto se explica, básicamente, porque desde el inicio de las manifestaciones en Maidán, Poroshenko fue más hábil que sus otrora aliados: aparecía con cierta frecuencia en Maidán y más de una vez dio sus discursos a los manifestantes: de esta manera, los votos de aquellos que se decepcionaron de Yatseniuk, Turchínov y Vitali Klichko se trasvasijaron a su favor. Se suma a lo anterior, la utilización de la propaganda política a través de diversas publicaciones y medios electrónicos vinculados al agora presidente, como también el centro de estudios sociales Sotsis.

Durante su campaña tuvo giros notables: de un acérrimo defensor de lo obrado en Maidán, del acuerdo político ya suscrito por Kiev con la Unión Europea y la entrega gratuita de la soberanía a la OTAN, fue progresivamente moderando el discurso, siendo menos hostil hacia Rusia; prometiendo, era que no, restablecer el estatus oficial de la lengua rusa y visitando la región en conflicto del Donbass (actual territorio de la denominada Novoróssiya o Nueva Rusia)

En su afán de complacer al este y al oeste del país a la vez, se ha ganado la desconfianza de muchos con sus promesas de resolver la situación tanto con la Unión Europea como con Rusia, de garantizar el estatus de la lengua rusa y una serie de garantías que en la práctica, no ha cumplido. Desde los corredores humanitarios hasta el cese del fuego unilateral: vagos anuncios que distan de la sangrienta realidad de cada día.

Pero Poroshenko no era un desconocido. Tras la “revolución naranja” entró en el círculo de allegados de Víctor Yúshchenko (presidente de Ucrania entre 2005 y 2010), que se repartía el poder y el dinero en el país, donde permaneció hasta el conflicto con la primera ministra Yulia Timoshenko, que en 2005 les costó los cargos a ambos. Por el 2009 fue Ministro de Relaciones Exteriores y luego apoyó abiertamente la candidatura Víctor Yanukóvich arremetiendo contra su antigua enemiga y principal rival de Yanukóvich, Timoshenko.

Así, pues, cayó un oligarca para ser reemplazado por otro de la misma calaña. Muy poco podrá hacer Poroshenko debido, entre otras cosas, al entramado constitucional que le otorga un ámbito de acción reducido, y la situación política dista de una pronta solución: el colapso de Ucrania es un proceso irreversible.

Las regiones del sureste y centrales del país se estremecerán, más temprano que tarde, con la extensión de la guerra civil a una escala mayor. La incógnita resultante es, pues, en qué medida las denominadas “Repúblicas Populares”, de Donetsk y Lugansk podrán asegurar la independencia que proclamaron tras el referéndum del 11 de mayo,  y qué regiones se unirán a ellas más tarde.

En buena medida, los siguientes pasos de Moscú dependerán de las acciones que Occidente lleve a cabo y, sobre esto, conviene tener presente, por ejemplo, lo que el ex Secretario de Estado Norteamericano, Henry Kissinger, si, el mismo, ha publicado a través de una columna de opinión enThe Washington Post.

Para Kissinger, es importante reconocer el nexo histórico existente entre Ucrania y Rusia, el que pareciera ser ignorado por completo por los sesudos de Washington: Ucrania no es Rusia, pero Ucrania sin Rusia es imposible; y claro, deben cuidarse los negocios de manera que pueda explotarse al máximo la contribución de Ucrania a la Unión Europea y, consecuentemente, a los Estados Unidos: ya lo advertimos, es probable que Ucrania tenga el mismo destino que Grecia y España.

Para ello, Kissinger propone: que Ucrania sea libre de decidir sus asociaciones económicas con quien quiera (por supuesto, con una clase política cooptada por US); que Ucrania no se una a la OTAN (ya es suficiente con las fuerzas desplegadas en torno a Rusia); que Ucrania siga los pasos de Finlandia (en apariencia independiente y no hostil hacia Rusia, pero estrechamente vinculada con Europa) y por último -era que no- que Rusia “devuelva” Crimea.

En la misma línea razonan los expertos del think tank “The Brookings Institution”, Clifford G. Gaddy y Barry W. Ickes (ver "Ukraine prize..." y "Finlandization...", quienes prevén tres escenarios para Ucrania: A la poloca, a la finlandesa o como un apéndice de Rusia.

En el primer caso, Ucrania sería parte de la OTAN y la Unión Europea, adoptaría las políticas libremercadistas a rajatabla y Rusia perdería influencia. En el segundo, se trasformaría en un Estado federalizado y neutral, con soberanía reconocida y respetada por Washington y Moscú, así como no sería miembro de la OTAN, manteniendo Rusia su influencia. En el último caso, se repetiría el guión de Crimea, siendo anexado el sudeste de Ucrania a la Federación Rusa, con la consecuente influencia absoluta sobre el resto del país.

Cualquiera de estos escenarios no constituyen una solución satisfactoria para los problemas de Ucrania. Sumemos que el pasado primero de junio, el precio de la electricidad para los ucranianos subió entre un 20% y un 60% en función de los volúmenes de consumo; la tarifa mínima por el gas aumentó un 51,1% hace un mes; la producción y el consumo caen y seguirán cayendo, igual que la cotización de la divisa nacional, la grivna, mientras que la inflación se acelerará estrepitosamente.

Ante este contexto, es altamente probable que Kiev sea incapaz de cumplir con el programa impuesto por el Fondo Monetario Internacional: a cambio de 17.000 millones de dólares, Ucrania se obligó a subir los precios de la energía para el consumidor, combatir la corrupción y recortar los gastos y subsidios sociales. Imposible para un país en el cual el salario medio de un médico en un hospital público es de  200 a 400 dólares mensuales, o para un profesor, 200 dólares mensuales promedio. Así, los ineludibles recortes sociales se tornarán una carga insoportable y el advenimiento de “un nuevo maidán” será inevitable.

La guerra civil que se desata contra las regiones del sudeste, regiones en las cuales se centra la industria del país, también ha provocado que los volúmenes de producción y comercial caigan, con el subsiguiente déficit presupuestario que cada día crece más debido a la caída en la recaudación de impuestos. La inversión extranjera es nula y las presiones desde el exterior serán cada vez más intensas: Ucrania debe devolver este mismo año cerca de 13.000 millones de dólares.

La recuperación económica va necesariamente de la mano de la estabilización política del país: el gobierno central debe cesar la operación militar que inició en contra de las regiones del sudeste, proponer la federalización del país para permitir la participación de las regiones abandonadas por Kiev y, luego, reactivar el intercambio comercial con Rusia que equivale prácticamente a un 30% del volumen comercial total de Ucrania. Sus relaciones económicas son tan estrechas que algunos sectores de la industria y comercio ucranianos están orientados absolutamente al mercado ruso, tales como el de los lácteos, alcohol, confitería, construcción de locomotoras, motores eléctricos, piezas de repuesto para aviones y automóviles, etcétera.

Actualmente, los Estados miembros de la Unión Europea consumen cerca de 25% de las exportaciones ucranianas. La mayor parte corresponde al sector agrícola (17 millones de dólares en 2013), el metalúrgico (14 millones de dólares) y el petroquímico (4,8 millones). ¿y el 45% restante? A otros mercados, pero sobre todo, al ruso. Si Ucrania pretendiera reorientar sus exportaciones -recuperando, claro, la producción- necesitaría no sólo la correspondiente demanda del mercado europeo, sino también introducir sus estándares técnicos, distintos de los rusos, necesitando inversiones de miles de millones de dólares que ni Estados Unidos ni la Unión Europea le prestarán.

Mención aparte merece la controversia sobre el gas y el reciente corte del suministro de parte de Rusia, sobre el que nos referiremos en un próximo artículo.

¿Y entonces, quién salvará a Ucrania?