¿Réquiem por el islamismo de servicio?

Imprimir

En Washington y New York las masas celebran. Una victoria popular a nadie le viene mal, al menos después de tantos años sin que EE. UU.  no tuviera una.  Al parecer da lo mismo si la muerte de Bin Laden es efectiva o no, pues el efecto mediático se está logrando: El Capitán América nuevamente ha salvado a la civilización occidental democrática y liberal de la amenaza islámica (y antes comunista, y antes fascista, etc)...

Ya saltan las dudas: ¿Será el cuerpo? ¿Cómo estaba mucho más cerca de zonas habitadas y no en una oscura cueva afgana?  ¿Sabían los servicios paquistaníes?  

En realidad no lo podemos saber todavía y, en realidad, poco importa, pues pareciera que con esta acción EE. UU. pretende cerrar el “storyline” del islamismo radical de factura saudita.  

En vista de las actuales circunstancias del mundo árabe, ya no es necesario e incluso puede resultar contraproducente. En efecto, es ya bastante documentado cómo la CIA, los petromonarcas del Golfo y -en su oportunidad- también el régimen de Islamabad financiaron y dieron alas tanto al wahabismo ultraconservador como a los “estudiantes” pobres refugiados en Pakistán, como una contención tanto hacia la invasión soviética de Afganistán como a la Revolución Islámica de Irán, una tarea en que también colaboró gustosamente el después vilipendiado Saddam Hussein, titular de una dictadura nacionalista árabe y laica.

Una vez desaparecido el enemigo rojo -que tampoco lo fue tanto- el objetivo no podía ser otro que el mantener un germen de terror funcional a los intereses de Israel y de los sátrapas del tipo Mubarak y quién lo diría, el propio Gadaffi. A estas alturas tampoco importa si los atentados del 11-S fueron o no teledirigidos por EE. UU.  contra su propia población a través de Bin Laden.  

Lo cierto es que éste y otros ataques favorecieron objetivamente la estrategia militar americana y sionista, además que no generaron movimientos políticos y sociales amplios de resistencia en el mundo musulmán.  

El “Emirato Islámico” de los talibán fue cualquier cosa menos un Estado y mantuvo al pueblo afgano en la miseria, mientras que el “cuco” Al Qaeda no logró una vertebración popular como la que han obtenido Hamás y Hezbolah tanto en Palestina como el Líbano, colaborando con movimientos laicos e incluso cristianos, sin abandonar el Islam. Ahora la cosa es bastante diferente.  Con un mundo musulmán que ha desafiado por igual a cómplices del sionismo como Mubarak, petromonarquías como de la Bahrein y a los últimos mohicanos del nacionalismo árabe como Assad, la existencia de un enemigo funcional está de más.  

Los antaño amigotes de EE. UU.  están pagando años de platos rotos en nombre de la “civilización occidental y cristiana” (¿y qué carajo es eso en el año 2011? ) y llega la hora de abatir al verdadero enemigo: Los movimientos de resistencia que no cayeron en las tretas yihadistas fabricadas en Ryad.  

Alerta para Irán y sus gobernantes, pues hace tiempo que están en la mira. Esto no es “teoría de la conspiración” ni un comentario de Salfate, como algunos pretenden.  Es “realpoltik” pura y dura.-