Un año del terremoto, un año de la derecha política

La dinámica inmediatamente posterior al terremoto traía consigo escenarios tanto negativos como positivos para el Gobierno de Piñera. Negativos por cuanto debieron destinarse vastos recursos públicos y privados a fines de reconstrucción y ya pertenece al reino de la fantasía y la ilusión especular que se habría hecho en un escenario “normal”. Positivos, porque la misma exigencia de reconstrucción sirvió para concitar un ánimo unitario o conciliador de toda la sociedad, así como para mostrar la cara asistencial y benefactora de la derecha, necesitada de validarse en ese terreno.

Y no se puede negar que durante buena parte del 2010 la receta dio frutos. La estrella de Lavin -quien quizás temía haber caído ante las primeras marchas de estudiantes secundarios y universitarios- ascendió nuevamente a través de su trabajo con las escuelas destruidas; el mismo Piñera y su Ministro Golbourne salieron bien parados de la historia de los 33, devenida luego en vulgar show.

Mientras tanto, la Concertación seguía inmersa en su realidad virtual de egos heridos, ajustes de cuentas y la interminable redefinición de etiquetas orgánicas e ideológicas, sin advertir que a la población poco o nada le importaba “la unidad de las fuerzas progresistas” o “la apertura a la izquierda”, aunque este defecto es propio de la pseudocultura postmarxista de muchos des-concertados. Y ni siquiera el llamado conflicto mapuche hizo demasiada mella en la percepción de la masa.

Como siempre, la clase política de un lado y otro no entiende a nuestro pueblo.

El paraíso de la nueva administración se vino abajo con un tema tal vez demasiado banal para la izquierda caviar, pero esencial para el chileno de a pie: El fútbol.

Por su parte, la derecha partidista tampoco hizo ver a tiempo a Piñera que el afán de mantener a toda costa las acciones de Colo-Colo (“Blanco y Negro S.A.”) le iba a pesar, de la misma forma que tampoco se contuvieron los curiosos manejos de Jackie en la Octava Región, lo que demuestra la persistencia del estilo apatronado y soberbio de este sector político, por mucho que se hable de “nuevas derechas”, “nuevas mayorías” y otras sedas para vestir a la mona.

Y mientras periodistas y opinólogos centran su atención en las diversas chambonadas del discurso presidencial, en las regiones del Maule y Bío Bío se mantienen y acrecientan gérmenes de rebelión comunitaria, sin olvidar los sucesos de Magallanes, motines carcelarios y el colapso financiero del Transantiago, asunto en el cual -es justo decirlo- este gobierno no tiene mucha culpa. La revuelta social ya no tiene que ser esperada, ya está entre nosotros, aunque sólo se ha expresado hasta ahora de forma fragmentaria y desvinculada a un proyecto político.

Y este proyecto sólo puede ser aquel que exija el establecimiento de un SISTEMA DE PLANIFICACIÓN NACIONAL, de una red participativa cuya base sean las unidades barriales (juntas de vecinos, por ejemplo), pasando por las comunas y regiones, convergiendo en un centro que coordine actividades y recursos en situaciones de normalidad, y pueda tomar decisiones rápidas en momentos de crisis, gracias a la retroalimentación generada por la integración de los cuerpos sociales en las asambleas y en los órganos administrativos, mecanismo que permitirá la disponibilidad de toda la información y el aprovechamiento óptimo de los recursos.

Semejante sistema que proponemos no sólo permitirá afrontar adecuadamente emergencias como las derivadas del terremoto, sino además emplear las energías comunitarias en grandes proyectos de industrialización, colonización de las zonas extremas, infraestructura urbana, etc., de igual modo que reducirá a su mínima expresión las ineficiencias y despilfarros suscitados por la pusilanimidad de los aparatos partidarios y la influencia del dinero.

De otra forma, los fracasos se repetirán. Más que un “problema de gestión”, es un problema del mecanismo a través del cual se gestiona, y abarca tanto a las decisiones políticas globales como a la ejecución de las mismas.

Por supuesto, en el clima de frivolidad, improvisación y desprecio sin igual por el pueblo que hemos señalado al comienzo, un proyecto semejante necesariamente es revolucionario, y no será patrocinado por ningún grupo servil al estado de cosas actual, y tampoco por los marginales útiles cuyo único discurso es la exacerbación de los valores hedonistas.

El camino hacia una organización política racional debe ser llevado a través de todos los medios de comunicación que tengamos a nuestra disposición, en forma individual o colectiva, en el plano cultural o directamente dentro de las comunidades básicas, pero siempre AL MARGEN y EN CONTRA del entramado de los partidos políticos y sus organismos de fachada, debilitándolos por todos los flancos y vaciando la poca legitimidad que aún les queda.

Es el momento. Todos los intentos de maquillaje del régimen demoliberal y sus figurones están paralizados o derechamente fracasados. Hay masa crítica dispersa en diversos ambientes políticos disidentes y sólo hay que hallarlos. La Revolución Nacional no sólo es justa, lo que siempre hemos tenido claro, sino que se está demostrando que además, ES FACTIBLE.

Es el verdadero terremoto que se viene. Terremoto de Unidad y Justicia.

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ISSN 2735-6450

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