Itinerario para la última entrega - 1ra. parte

A simple apreciación, la democracia chilena vive días de entusiasta fiesta cívica apenas Abril ha concluido. Los medios resaltan los últimos hechos heróicos de nuestra “corajuda mandataria”- así ensalzada por Tironi tal vez con desvarío norcoreano. Razones deben tener sus partidarios para tanto extásis y sonrisas... quizá la buena fortuna les está por arribar ya pronto.

Partamos, pues, con la memorable jornada del día 27, que ocasionó las primeras muestras de felicidad en el Palacio de La Moneda, cuando saliendo de su mutismo Bachelet se dio tiempo para leer un discurso pontificando sobre su gran gesta: el fin del binominal. Ley que permite a la clase política y sus partidos auto-legitimar sus operaciones evadiendo -como siempre- cualquier mecanismo de control comunitario que no sea marcar una raya en una papeleta.

Como resumen de cuentas, la alegría inmensa por el “hito histórico” sólo alcanza a los pocos directos beneficiarios, los mismos que nos han mostrado su alto espíritu cívico y denodado servicio público con el espectáculo denigrante de la corrupción en que intentan involucrarnos por ser “nuestros representantes” democráticamente electos.

Habría sido prudente esperar que, en la encrucijada delictual en la cual ellos mismos se pusieron, dejasen -verdaderamente- que las instituciones funcionasen antes de proceder a consultar al Soberano sobre los pasos futuros para una mejor organización política nacional. Lejos de eso, la “Nueva Mayoría” -con su jefa de gobierno a la cabeza- buscó apurar la promulgación de una ley que les asegura su cómoda existencia. Dicho en simple, la auto extensión de un cheque en blanco para hacer lo que les plazca al abrigo de una ley que la tramitaron para su exclusivo beneficio, mientras la mayoría social deberá aplaudirles por otro largo período si no se organiza y recupera lo suyo. Sería justicia.

Desde nuestra perspectiva, posición bien dicha con mucha anterioridad, la nueva ley favorece al mismo partidismo que lleva tiempo haciendo prédica de que la representación es el criterio más sensato para la buena política.

La sustitución del sistema electoral binominal -basado en la idea que es más fácil ponerse de acuerdo entre dos polos mayoritarios del mismo sistema- por uno “proporcional inclusivo”, dicen, apunta a “fortalecer la representatividad del Congreso Nacional”, por lo tanto claramente a legitimar el tambaleante orden actual. No es un cambio revolucionario ni alcanza para ser refundacional; a lo más un simple maquillaje como cuando se habla de la renovación de la política porque aparecen rostros juveniles para continuar con las mismas ancestrales prácticas.

El discurso de la mandataria, hecho para ponerle bronce en la historia, refuerza lo previamente dicho, aunque inadvertidamente deja al descubierto sus flancos intelectuales: así, al referirse al fortalecimiento de la representatividad porque “no refleja lo que somos” queda la pregunta de si insistir en lo mismo cumplirá con su expectativa de ser diferentes. Y luego ese toque dramático, referido al origen del binominal como “concebido a partir del miedo, miedo a la libre determinación de las personas...” se desmorona al señalar que su gobierno ha de orientarse “a la participación plena, a la competencia y a la plena democracia”, cuando la esencia de la ley viaja en sentido contrario. ¿Quiénes hoy tienen miedo en realidad? ¿A qué tienen miedo?

Bachelet defiende la burocratización política -con el aumento del número de parlamentarios- e intenta torpemente hacerlo pasar como un triunfo para el pueblo chileno, cuando sólo gana el “patriciado” partidario y sus secuaces. No queda duda que ya tiene bien ganado su monumento como gran defensora de todos los partidos políticos.

La guinda de la torta de la histórica jornada la colocó el ministro Peñailillo – quizá más preocupado de poner una glosa a sus boletas para que parezcan trabajo efectivo- al aseverar que el presupuesto del Congreso Nacional no será aumentado para cubrir el aumento de parlamentarios, pues se utilizará lo antes asignado a los institucionales y ex presidentes que no se cobra hace años. ¿El Congreso Nacional tiene un fondo de ahorro? De ser eso cierto, se incumple la ley presupuestaria al solicitar recursos para una planta inexistente. Por lo demás, a simple aritmética sería imposible cubrir los gastos de los nuevos beneficiados con un monto semejante, por más que se diga que los honorables tendrán a bien ajustar sus expectativas monetarias por puro amor a la democracia.

Insistir en la representación de Partidos como único criterio para la buena política no soluciona las demandas populares de participación, que de manera intermitente se han exigido en los últimos tiempos. Decir lo contrario es prolongar el engaño.

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