La teoría del jarrón

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Qué pensarían en los mejores museos y casas de remate del mundo si se les dijera que en una pequeña e inocente nación de Sudamérica, apenas colgando en el mapa, existe un jarrón que fue robado de la casa del Presidente de la República y que dicho jarrón le costó al Estado la friolera de cien millones de verdes dólares?

Sería difícil de creer, sobretodo, considerando que los nativos de estas tierras con suerte hacían un par jarros con forma de pato o unos pocillos de greda que, aunque son parte de nuestra historia, distan bastante de ser apreciados como obras de la dinastía Ming de China, y sin lugar a dudas, mas distan aun de valer cien millones de dolares. Sin embargo, puede decirse que todo eso ocurrió hace un tiempo atrás, al menos según la versión de nuestra excelencia, el "Presi".

La historia reventó cuando se supo que el dueño del jarrón, o sea CORFO, o sea el fisco, o sea Moya, cayó en la cuenta de que Moya (que no es el mismo Moya de antes sino que el encargado de operar con el jarrón) había sacado de la mismísima bóveda de la corporación el referido objeto y había decidido endosárselo a un holding de un tal Monasterio, que a su vez se lo había endosado a otro sujeto, y este a otro y así sucesivamente hasta que ya fue imposible seguirle la pista. Así, entre el jarrón que pasaba de mano en mano, cual Corre que te Pillo, Monasterio se iba a Capuchinos, el dueño del jarrón reclamaba lo del robo y finalmente solo terminó pagando Moya, y por partida doble: Pagó Moya como siempre... y también pagó el Moya, funcionario de CORFO que se fue a hacerle compañía a Monasterio a Capuchinos (¿O era al monasterio de los Capuchinos? Bueno... para el caso, da igual)

Fue entonces que el Jefe de Gobierno, con el valor propio que lo caracteriza, decidió salir al paso y explicarle a los pobres y desconcertados ciudadanos qué había ocurrido con el mentado jarrón, del que nadie sabía muy bien, salvo que estaba costándole cien millones de los verdes a las ya alicaídas arcas fiscales. Se habló de que el tal Moya había robado el jarrón. Que Monasterio era un mafioso y que no había problemas porque el jarrón y su valor ya habían sido recuperados. Después, la versión cambió en el sentido de que Moya sí podía sacar el bendito jarrón, que Monasterio no tenia nada que ver con eso y que los que compraron el jarrón, de un día para otro, habían hecho el negocio del siglo. Al final, los genios del Gobierno terminaron prácticamente rogándole a los compradores del jarrón que por favor no lo cobraran, pero como negocios son negocios la plata se perdió, Chile perdió y, como siempre, Moya terminó pagando igual.

¿En que clase de nación vivimos? ¿Cómo es posible que tengamos autoridades que sean capaces de asimilar (y confundir) un jarrón con un título de crédito? Hasta donde todos sabemos, los jarrones se venden y se quiebran si se caen. Los títulos se endosan y si no se tiene cuidado, dicho endoso puede resultar más peligroso que mono con ametralladora. Esto porque, y es precisamente aquí donde la Teoría del Jarrón de su Excelencia falla, a diferencia del referido artefacto, los títulos de crédito se transan en el mercado y una vez que salen del poder del dueño, da igual quien los tenga y a su vencimiento deben ser pagados, aunque eso signifique, como en este caso, que el Tata Fisco deba desembolsar, sin decir ni agua va, más de la mitad de los cien millones fugitivos. Así las cosas, la culpa no es de aquel grupo de selectos afortunados que compraron los títulos de CORFO y que en estos momentos deben estar celebrando la mejor maniobra financiera de sus vidas. El asunto va por otro lado, y es que, cabe preguntarse cómo un funcionario de poca relevancia dentro del organigrama estatal es capaz de entrar como Pedro por su casa a la bóveda de CORFO y sacar, como quien va al supermercado, un paquete de depósitos a plazo que luego, sin que nadie lo apure siquiera, endosa a un holding comercial, que, para empeorar las cosas, ya estaba metido con el agua hasta el cuello por otro asunto acerca de tráfico de información privilegiada, esta vez, con el mismísimo Banco Central. Como broma suena genial. El problema... es que es cierto.

Y así, entre jarrones, Moyas varios, Holdings agonizantes y Monasterios, Capuchinos y depósitos a plazo, nadie entiende nada y todos se deshacen en excusas y explicaciones, cada cual mas ingeniosa para que cada quien pueda escoger la que le suene mas atractiva. Dentro de la amplia gama puede verse desde la ya célebre y novel Teoría del Jarrón, pasando por cuanta cosa pueda derivarse desde eso, hasta el decir que toda la culpa la tiene Bush que quiere atacar, Saddam que no se desarma, Gadafi por estar por ahí cerca, Mao por tolerante, Pinochet por existir, Hitler por matar a los judíos, Arafat por no matar a los judíos y cuanto gato mojado se encuentre por ahí. El culpar a alguien es un don mágico que da para todo.

¿Y al final que paso con el jarrón? Con tanto ir y venir, la tontera se le cayó a alguien al suelo, se hizo añicos y, como todo en nuestra nación, barrimos los pedacitos bajo la alfombra, seguimos todos como si nada, salvo con el detalle de que el accidente nos va a costar mucho más de lo que todos quisiéramos.